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Cómo fue estudiar en cuarentena

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Por Estefanía Bárcenas

Foto: Alan Garrido

¿Quieren saber cómo fue estudiar en cuarentena? Se los diré.

Lo pondré sencillo y certero: me gusta asistir a clases. Me gusta ir a la escuela y aprender día a día de los maestros y mis compañeros.

Evidentemente, esto no fue siempre así. En la primaria odié levantarme temprano, la secundaria fue muy incómoda, la preparatoria la etapa más divertida hasta el momento y la universidad… experiencia pura. La educación superior me abrió las puertas a distintos mundos, ha sido fructífera desde el primer día hasta ahora que me encuentro a casi nada de terminarla.

Desde el inicio de mi carrera, la rutina de asistir a clases se volvió mi vida, no sólo porque el trayecto era largo, sino porque la universidad se convirtió en mi segunda casa y mis compañeros y maestros, en otra familia. Sin embargo, no fue fácil.

La disciplina y la constancia tienen un gran enemigo: el hastío. Aunque siempre buscaba exprimir lo más que pudiera de la experiencia, no siempre encontraba los ánimos para ello; fueran cosas personales, externas o mera desgana, muchas veces me quedaba con la sensación de que no estaba dándolo todo.

Con la rutina envolviéndome y un extraño humor en el ambiente, en mi último semestre, el 13 de marzo de 2020, todo se detuvo.

Fue paulatino, entre el bombardeo de noticias y el masivo flujo de información, se veía venir el cese de las actividades a causa de las medidas de contingencia por la pandemia del coronavirus. Sin embargo, la experiencia vivida de estudiar en cuarentena nadie la hubiera podido prever.

He de ser sincera, pese a la pasión que siento por lo que estudio y lo que hago en mi carrera, ver anunciado el paro de actividades escolares fue un alivio. Toda buena emoción también desgasta y es absorbida en la rutina, por ello, ese respiro parecía la solución a este hartazgo que empezaba a sentir y el cual me alarmaba.

Los primeros días, aquellos que la institución utilizó para organizarse respecto a las labores académicas y administrativas, me sirvieron de descanso espiritual y mental, ese que todos necesitamos algunas veces. Por suerte, el trabajo a distancia le daba cierta constancia a mis días. Sin embargo, en términos de educación, el paradigma debía cambiar para que estudiar en cuarentena fuera efectivo.

Las posibilidades me parecían más negativas que positivas. Estaba la idea de la poca capacidad tecnológica de algunos docentes, el escaso compromiso por parte del alumnado, la problemática económica consecuente y el parco proceso de aprendizaje por la falta de interacción y la inefectiva comunicación.

Las tareas fueron las primeras en aparecer y no eran para nada como estábamos acostumbrados, eran largas y trabajosas, con una limitada explicación del tema y la impersonal comunicación de un correo electrónico. La verdadera tortura acaeció cuando se retomaron los trabajos en equipo, el poco compromiso de algunos compañeros opacaba la energía de otros que siempre estaban dispuestos a darlo todo e incluso un poco más.

Cuando se iniciaron las clases en línea, la experiencia fue poco agradable. Se trató de una combinación entre los malos servicios de internet, la poca alfabetización digital de todos y el hastío de alumnos y maestros. Pero era de comprenderse, el contexto impedía un verdadero diálogo y minaba la tierra fértil para un buen proceso de aprendizaje.

Estudiar en cuarentena era más complicado de lo que cabría esperar ya que las clases no eran desarrolladas en óptimas condiciones. No duraban el tiempo establecido, la explicación de los temas era superficial o simplemente mandaban lecturas para complementar. Algunas veces la asistencia de alumnos era casi nula, la retroalimentación era insuficiente y la carencia de dudas o comentarios no se debía a nuestro poco entendimiento, sino a ese cansancio que todos experimentábamos.

¿Cansancio de qué? De no tener una rutina que nos guíe, de tener esta aparente disposición de tiempo que para nada alcanzaba, porque la acumulación de trabajo cada día se multiplicaba; de no poder ver a los que quieres, abrazarlos y resguardarte en conversaciones banales; de no poder salir a convivir porque, pese a que no soy una persona tan social, nadie está hecho para vivir en aislamiento.

Sin embargo, hablando con algunos maestros, me di cuenta de que la dinámica era así no por nuestra incapacidad, sino porque, ante todo, para los Maristas, lo primordial es saber que los nuestros están bien. Directivos, maestros, alumnos y familiares, entre todos, la primera pregunta era: ¿cómo estás? Y aunque la respuesta fuera automática, siempre quedaba aquella tranquilidad. Justo como en el sismo del 19 de septiembre 2017, un “todos estamos bien”, nunca me fue tan reconfortante.

El golpe más fuerte, el que terminó por tumbarme y me hizo sentir mucha tristeza, fue darme cuenta de que esa sería mi última experiencia universitaria. De tantas maravillas y desazones vividas, aquel aislamiento sería la conclusión de mis estudios superiores. Aquel contexto me definiría de por vida y me haría pertenecer a una generación que acabó su carrera en línea debido a un problema globalizado y fuera de nuestro control.

Ya no vería a mis maestros pararse frente al pizarrón a plasmar y compartir sus conocimientos. Ya no estaría el debate entre mis compañeros. Ya no habría risas, corajes y llantos. Todo había acabado y nadie me advirtió que dejar de asistir a clases sería así de amargo.

Así que, si en un futuro alguien me preguntara, ¿cómo fue estudiar en cuarentena? Respondería sin dudarlo, que aquella experiencia fue el argumento perfecto para asegurar que la labor docente es imprescindible y que la tecnología, por muy avanzada que esté, no podrá remplazarla, sólo complementarla y hacerla accesible.